lunes, 2 de agosto de 2010

Pinceladas surrealistas XXXII

Allí estaba ella, entre signos de exclamación, con una camiseta azul que restaba brillo a su sonrisa. Era su casa, pero parecía haber aterrizado allí por casualidad. Me abroché el cinturón y puse mi respaldo en posición vertical. El miedo no era la gran razón, desde luego. Movía sus hombros como bailando sobre su cama y rozaba su pelo con la mano. Disparaba canciones con una pistola de agua. Parecía una de esas mujeres de películas de los cincuenta, de esas tan a vuelta de todo, como si fuese perfectamente consciente de que todo lo que allí estaba giraba a su alrededor: su música, su sillón y sus pestañas. Entonces yo pensé que una canción pop no era tan mala salida para otra canción pop, y que por mucho que tratase de disimularlo, ella no era más que una bella crisálida sobre un vinilo, a punto de romper y quebrar esquemas.